Primer movimiento - rebeldía / volumen 1

La noche es una inmensa bóveda de libertad. La contemplo desde la tierra, exhausto, apenas si tengo energía. Respiro lentamente, las nubes me inundan la existencia y sonrío. Mis labios tratan de soltar una carcajada entre el delirio. Lo acabamos de lograr. Acabamos de rodar el plano secuencia que llamamos Ópera del Averno, salió en la tercera toma. El trapiche se encendió desde la tarde a la espera de nuestro descenso del cerro. La sonrisa es de satisfacción por haberlo conseguido. Es una extraña sensación la que te recorre el cuerpo, la adrenalina al tope comienza a bajar, se comienza a ser más consciente de cada parte del cuerpo y los temblores desaparecen. Los miedos desaparecen. La noche es más clara, la mirada se agudiza y la escucha es más profunda. Agradezco el camino recorrido, el camino elegido.   

Los jueves fueron la chispa que encendió la caverna. Cayeron sobre toneladas de gasolina y produjeron incendios que se mantienen rasantes. Aprendimos a jugar entre las llamas, a bailar con las sombras y de alguna forma comprendimos el lenguaje olvidado incrustado en las vértebras. Nos erguimos entre tanta pestilencia, tantas fachadas inermes. La complicidad del barrio logró borrar todas las asperezas de la ciudad. Seguimos creyendo que los ríos deben estar limpios y los bosques abundantes, que las ciudades deberían derrumbarse y hacerse de nuevo, pero esta vez lejos de las manos sucias de psicópatas.

El mero acto de creación es una tentativa. Es impensable que las personas del campo sean capaces de crear películas, no tienen gusto, memoria ni talento. Es inaudito que las personas con menos recursos tengan sentimientos y deseos de plasmarlos en un texto, en una pintura o en una danza. No saben escribir. No saben lo que es el arte o el buen gusto. Dios guarde una muchachita de esas con una cámara o un lienzo ¿Para qué lo quiere? Seguro se lo fuma. En esta finca de pordioseros lo mejor sería que se expandan las piñeras. 

Por dicha siempre voy a estar junto a las vacas. Sabemos lo que es capaz de hacer un buen machete, la infinita magia que conjuran un par de manos. Aprendimos mucho de coraje, es fácil entender por qué no aceptamos el mundo como nos lo entregan, con sus cajitas felices y sus caras de libros, no, esos cuentos son para otras gentes. Aquí no se les cree. Aquí se crean las historias y se tejen las memorias al calor del fuego. 

A veces esos fuegos se tornan hornillas. Se atizan al instante mismo que se convoca la primera toma. Silencio, se solicita. Los grillos estremecen la oscuridad. Las luces del valle titilan al fondo, San Isidro de El General se convierte en San Ramón por una noche. Yo prefiero quemar todos los santos y para mi cualquier barrio puede ser La Paz. La noche me abriga y me hace viajar, me desconecto de lo tangible para divagar por las hendijas de la inconsciencia. Quisieron ponerle precio a todo, pero resulta difícil contener el impulso que nace desde la inocencia de preguntar. Los precios se quiebran con un simple trueque, una mano amiga y una comida por compartir. Aún nos quedan memorias que nos hacen resistentes a tantas balas y puertas cerradas. Aprendí a bailar cuando me apagan la música. Hago mi propia música y danzo mi propio baile. 

Un mugido marca la acción. El crujir de las conquistas aún resuenan en los engranajes. Progreso, civilización, capital. El proceso de creación me enfrenta con siglos de opresión. La mente es nuestra y eso ya es haber ganado la batalla. El corazón tranquilo respira el amanecer en la quebrada. Quizá algún día alguien cuente nuestra historia, pulida y estructurada por alguna inteligencia artificial. Es curioso, las historias dominan las lógicas y hay estructuras que dominan las historias. Ahí es donde se aprende alzar vuelo, a quemar barcos y a romper paredes. El ritmo es el tiempo en que vivimos y la vida es el sueño que nos inventamos cada día. Un cuento, una resonancia, el mismo sol y la misma luna. Escribo como a mi me da la gana escribir. Escucho las aves bordear la imaginación, el agua formar los senderos y el viento cruzarme por entero.

Escrito por Iván Esteban Pérez Arias
Jueves de Vernáculo a Retazos  
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